Editor: Mario Rabey

6 de marzo de 2011

Mario Rabey: Teatro Guerrilla en Buenos Aires, 1968



Estaba terminando el verano de 1968, yo no estaba estudiando, y me dedicaba, full time, al "naufragio". Así le decíamos los hippies porteños a una actividad que se llevaba a cabo de una manera continua, deliciosamente no capitalista -e incluso a veces declaradamente anti-capitalista-, ostensiblemente sostenida por los ingresos de nuestros padres y otros familiares o por los padres y familiares de nuestros amigos y amigas. Recuerdo que Moris era bastante crítico de esa práctica y cantaba al respecto: "sos el burgués más corrompido que existe, y te engañás pensando que sos un hippie; vos explotás a todos y no das nada, y eso es ser el peor capitalista...". Naufragio era estar en una "balsa" (esa de Tanguito ¿o Lito Nebbia?, lástima que no está Tanguito aquí para preguntarle) divagando por el mundo, sin perseguir una meta fija.

Nuestro anti-capitalismo se refería, más que al desprecio por la posesión de bienes materiales, a un sentimiento de despojo primordial. En palabras de Javier Martínez, el baterista, primerísima voz y letrista de casi todos los temas de Manal: "Hoy adivino qué me pasa, por qué mi nombre no soy yo, por qué no tengo una casa: porque hoy nací; hoy, recién hoy, el sol me quemó. Y el viento de los vivos me despertó".

El año anterior, de la primavera al verano, se podía naufragar en las plazas. Pero ahora, ya con el verano avanzando hacia el otoño y el invierno, las plazas eran lugares demasiado fríos, y el lugar de naufragio eran los bares abiertos toda la noche. En primer lugar, La Giralda, en Corrientes entre Uruguay y Paraná, donde cuando había un poco de plata, se podía comer un memorable chocolate con churros (sí, el que sirven ahora es muy parecido al de hace cuarenta años y el bar está casi igual). Luego, El Colombiano, dos cuadras más abajo, también en Corrientes. Y un par de bares más por Córdoba: pero básicamente se naufragaba en Corrientes. No sé si fue en La Giralda, o en El Colombiano, o en mi casa (probablemente la idea fue divagada mientrás nuestro naufragio recorría esos tres lugares, las calles y otros lugares), que se nos ocurrió hacer una representación teatral en la calle, de fuerte contenido contestatario y sin ninguna autorización estatal -autorización impensable en la Argentina dictatorial de esos años-. En esa época se estaba haciendo teatro en la calle en varios lugares. Y lo más parecido al nuestro era el teatro guerrilla que habían comenzado los Diggers en Haight-Ashbury, San Francisco, en 1966. Pero el antecedente más notable era el de un argentino, que había hecho su Vivo Dito en Europa unos años antes y terminó su vida con un suicidio de amor homoerótico en Barcelona en 1965. Nuestro grupo de teatro de guerrilla le dedicó su última acción: Alberto Greco se mató por culpa de la policía.

Mientras tanto, Dorita -mi vieja-, se llamaba a sí misma "la madre de los chicos", porque recibía a los náufragos en casa. A uno de los chicos, el más joven -menor de edad él-. le decía "el pequeño" o el "chiquito". Le quedó bien: todos le dijimos Javier Chiquito Arroyuelo. Por allí, se le ocurrió hacer lo que hoy se llama una instalación en la Galería Lirolay (a la vuelta del bar Moderno). La llamó "Mano de Mandioca", e incluía -entre otros materiales- fotos para las que "posamos" Laura Kolodny, Rafael López Sánchez y yo. Aquí va una copia del folleto, que me pasó Pedro Pujó hace poco.




Poco tiempo después, mandioca y la madre de los chicos se unirían en el nombre de uno de los acontecimientos más importantes de la historia de la (contra)cultura en el hemisferio sur: el sello grabador Mandioca la madre de los chicos. Pedro Pujó recuerda que la segunda parte del nombre del sello grabador fue así un homenaje a Dorita, y a Mabel, la madre de Pipo Lernoud.

Alejandro Rosso
, en cambio, sostiene que "la Madre de los Chicos" era un "lema" que hacía referencia a "la libertad creativa y el apoyo que brindó a sus artistas" el sello grabador. Una rara interpretación con simbología psicoanalítica: los músicos cargando con un complejo edípico, se habrían encontrado con su madre incestuosa. Toda una idishe mame esta Mandioca.

El día después de escribir los párrafos de arriba, fui a la Feria del Libro y, como casi siempre, lo más interesante no fueron los libros ni los eventos, sino los encuentros. En un momento, mientras conversaba con mi hija Eva, miro al costado y allí, parado al lado mío, estaba... me dice algo así como "Sabés quien soy",
- Claro que sí-, le contesto -no me acuerdo tu nombre-
- Slavutzky, Alfredo Slavutzky.

Fue una catarata de recuerdos.

Ahí en seguida me pregunta si no me habían hecho alguna entrevista para alguna de las historias de la contracultura de los años '60 y yo le contesto que les escapo; y le cuento entonces que estoy escribiendo mi autobiografía, y que ando por los tiempos del teatro en la calle.

Alfredo reflexiona que hacíamos algo muy preligroso, por lo revulsivo y porque estábamos en dictadura, y que encima, era gratuito, sin resultados. Yo reflexiono que eso era la polenta: que no buscábamos, ni obteníamos, ningún resultado. Éramos una guerrilla que no se proponía tomar el poder; ni siquiera, eliminar el poder. Entonces, me hace acordar de la obra más explosiva de la serie. "Alberto Greco se mató por culpa de la policía" y me cuenta algo que no sabía. Cuando Juan Comoglio, representando a algo así como un SS, le pega con un palo y le grita algo a Pedro Pujó, quien se agacha, se cae, trata de escaparse. La escena la recuerdo vívidamente, incluso la extraordinaria actuación de Comoglio, vestido con un perramus beige y diciendo algo que parecía en alemán.

Lo que nunca había sabido es que decía una frase coherente, hiper-coherente.

Le gritaba en alemán: "Hippie ilógico".


Este Teatro Guerrilla en Buenos Aires formó parte de lo que actualmente se llama performances, que incluyeron además una serie de acciones estéticas relacionadas con el modelo del happening en Galerías, Teatros y Centros de Exposiciones

Fue una creación colectiva, divagada durante 1968 en bares, la casa de Dorita Loyber de Rabey y otros lugares de naufragio del centro de Buenos Aires, por

Mario Rabey
Ricardo Mosner
Juan Comoglio
Pedro Pujó
Graciela Dellepiane Rawson
Alfredo Slavutzky
Marcelo Sztrum
Tabita Peralta

Aclaración sobre los nombres: Mi nombre empieza esta lista, para hacerme responsable (autor-actor) de este texto y de los eventos históricos. El segundo nombre es el de Ricardo, porque lo recuerdo muy protagonista de la idea. Los otros nombres los verifiqué hace un par de días en un encuentro casual con Alfredo Slavutzky. Con todo seguridad, había más gente en el grupo. En cuanto los vaya recordando, los iré agregando.

Performances:

- Socorro. En el Obelisco. Panfletos y afiches en papel de diario con pintura negra, con texto “Socorro”, el lugar, el día y la hora, distribuidos en días previos al evento por Avenida Corrientes. Un gran aullido colectivo en la plaza que entonces rodeaba al Obelisco, repetido varias veces, en coro y en gritos individuales, diciendo “Socorro” alrededor de una gran pancarta, que también decía “Socorro”.

- Hoy se expone La Paz. Adentro y afuera del bar La Paz, conocido reducto de intelectuales en la esquina de Corrientes y Montevideo. Con pancartas expuestas desde la vereda para ser vistas en el interior, con los textos: “Hoy se expone la Paz” y “Ustedes se están exponiendo”. Distribución de volantes en el interior del local, con un texto explicativo de la precariedad de la paz en el mundo. Gran diversión para la clientela y gran incomodidad para los mozos y los encargados!

- Alberto Greco se mató por culpa de la policía. En la esquina de Lavalle y Carlos Pellegrini. Empieza con una lata de esas de aceite de 20 litros, arrojada con fuerza al suelo. Al golpear, parece un petardo estallando. Un ¿SS?, representado por Juan Comoglio le pega a un hippie (Pedro Pujó) , y le dice –en alemán- "hippie ilógico". Etcétera.


En el final de la serie, el teatro guerrilla en la calle y la explosiva creatividad de Javier Chiquito Arroyurlo, confluyeron en:


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