por Sebastián Hacher
fuente: nocontesta
Historias precarias 1: Rogelio ya no caza pumas
Un adolescente Mapuche que recibe mensajes de un puma. Un buzo que se sumerge en el Riachuelo. Una millonaria que trabaja en La Salada. Un campesino paraguayo desalojado 19 veces del mismo lugar. Un ciego que mira películas porno. Otro ciego, pero que asesina gente. Una fumona que descubre que su sirvienta es una ex princesa narco del Paraguay y la recluta como jardinera. Todas son historias que me gustaron y que escribí a las corridas, al ritmo del trabajo free lance, sin tiempo pensarlo dos veces. Son historias precarias no por sus protagonistas, sino por las condiciones en las que fueron escritas: a los saltos, como se hace (casi) todo ahora. Las voy a publicar igual, así como están, porque les tengo mucho cariño.Aquel año lo habían nombrado abanderado: le tocaba la llevar la celeste y blanca, pero él había dicho que no, que prefería la mapuche, esa que flameaba junto a la argentina en los actos escolares. Por entonces, Rogelio Fermín tenía trece años y parecía hablar con los ojos. Si miraba fijo, brillaban. Si se abstraía, se entrecerraban hasta la mínima expresión. Cuando el maestro le preguntó por qué elegía esa, se encogió de hombros. “Me gusta más el color”, atinó a decir. Ese fue su último día en la escuela. Tuvo que pasar una década para poner en palabras lo que había decidido en ese gesto. “Necesitaba- dirá luego- salir de ahí, buscar la parte que me faltaba. Quería encontrar gente como yo, reconocerme”.
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