Editor: Mario Rabey

19 de octubre de 2009

Hacia un nuevo paradigma: un mundo en crisis



por Mario Rabey

La civilización contemporánea ha alcanzado metas tecnológicas y productivas gigantescas. Pero la combinación de la doble crisis de sustentabilidad social y sustentabilidad ecológica exige la formulación y puesta en práctica urgente de un nuevo paradigma


La civilización contemporánea ha alcanzado metas que eran completamente impensables hace tan solamente cien años. En el terreno de la salud, los avances científicos han permitido duplicar la esperanza promedio de vida gracias a los medicamentos, las vacunas y los sistemas de atención médica. En educación, la mayoría de los seres humanos sabe leer y escribir y un porcentaje muy alto alcanza niveles educativos que le permite comprender y disfrutar de bienes culturales que antes eran solamente accesibles para una pequeñísima minoría.

En ámbitos como el transporte, las comunicaciones y la energía, los avances logrados han permitido asombrosos progresos en la calidad de vida. Podemos trasladarnos en pocas horas a cualquier lugar; podemos enterarnos de lo que sucede en nuestra comunidad local y nacional, y en cualquier otra sociedad, a la velocidad casi instantánea que permite Internet; nos hemos liberado del sometimiento a la carencia de luz, de calor, de comodidad para cocinar.

Sin embargo, dos grandes peligros se ciernen sobre la civilización. El primero es el de la falta de equidad y justicia social, que hace que todavía hoy la mayoría de los seres humanos no disfruten plenamente de los logros civilizatorios. Muchos ni siquiera satisfacen sus necesidades más básicas. Mil millones de personas sufren hambre y casi la mitad de la población mundial está desnutrida; más de la mitad de la población carece de adecuados servicios de salud. La gran mayoría de los seres humanos no tiene ingresos como para disfrutar de viajes de recreación o simplemente para visitar a parientes alejados, no tiene una vivienda apropiada ni recursos como para leer con buena luz o para protegerse de las inclemencias climáticas. La creciente inseguridad –especialmente en el plano interno de las sociedades, pero también en el de nuevos focos de conflicto y tensión entre sociedades y naciones- es en gran parte producto de la inequidad y la injusticia social.

El segundo peligro es el riesgo ecológico global. Por un lado, los recursos naturales, tanto aquellos de los cuales dependemos para aprovisionarnos de la mayor parte de la energía que utilizamos, como los que utilizamos como materias primas críticas- se van agotando rápidamente. Por otro lado, el ambiente humano se va degradando aceleradamente. Ello ha venido sucediendo desde hace más de cien años en las grandes ciudades y regiones metropolitanas donde habita un porcentaje cada vez más alto de la población mundial, que soporta ambientes con aire y agua altamente contaminadas y condiciones de vida de gran deprivación social y cultural. Desde hace veinte años, se ha instalado vigorosamente la teoría según la cual el clima terrestre está cambiando, las temperaturas aumentando y los hielos derritiéndose, todo ello a causa del “efecto invernadero”. Esto ha puesto un toque francamente catastrofista a la cuestión ecológica, instalando la cuestión en un plano de urgencia semejante al que tenía la carrera armamentista nuclear en los años 70 y 80. Los hielos de todo el planeta se están derritiendo en un proceso secular que continuará en las próximas décadas, a menos que se reduzca drásticamente la emisión de gases con efecto invernadero. Ello incluye a los glaciares de montaña, pero no depende de las acciones humanas vinculadas a los glaciares en sí mismos, salvo en algunos casos particulares, donde el uso antrópico del agua de los glaciares no hace sino anticipar eventos que igualmente se estarán produciendo en las próximas décadas.

Esos eventos están sucediendo ya. Los glaciares y otras aguas continentales congeladas se están derritiendo. El nievel del mar está aumentando. Y los que sufren las consecuencias, son en todo el planeta, principalmente los pobres que habitan en áreas costeras, que ya empiezan a ser desplazados climáticos.

En síntesis, la humanidad contemporánea afronta los riesgos de una doble crisis: la crisis de la falta de sustentabilidad social derivada de la inequidad y la injusticia en la distribución de los ingresos y de los bienes proporcionados por el desarrollo civilizatorio; la crisis de la falta de sustentabilidad ecológica derivada de falta de políticas apropiadas para el manejo de los recursos naturales y el diseño de los ambientes humanos.

Las dos crisis son una sola: la crisis de la civilización mundial contemporánea.

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