Editor: Mario Rabey

6 de febrero de 2009

Virginia Tilley y la propuesta de un estado binacional israelí-palestino


Traducción y notas: Mario Rabey

London Review of Books, 6 de noviembre de 2003

La solución un solo Estado para el conflicto entre Israel y los palestinos

Virginia Tilley
Hay diferentes tipos de minorías. La noción de un estado egipcio para los egipcios, un estado judío para los judíos, va simplemente en contra de la realidad. Lo que necesitamos es repensar el presente en términos de coexistencia y fronteras porosas

Edward Said, 1999

Durante algunos años, la mayoría de la gente que simpatizaba con las aspiraciones nacionales palestinas - o al menos estaban alertas a su duración y a los peligros políticos que plantean - ha asumido que una resolución estable del conflicto Palestino-Israelí requeriría la formación de un estado palestino en las áreas (en disminución) todavía no anexadas por Israel, en lo que ha quedado del territorio del mandato británico. Este viejo reclamo del movimiento nacional palestino fue tardíamente aprobado por Bill Clinton y luego por George W. Bush.
Pero en un cierto momento de la década de 1990, este precepto fundacional se convirtió en una ficción ofuscante. Como reconoce en privado mucha gente, y como Tony Judt ahora ha propuesto en la New York Review of Books, las condiciones para un estado palestino independiente han sido matadas por el avance inexorable e irreversible de los asentamientos en Cisjordania y el Gaza[1]. La solución dos-estados al conflicto israelí-palestino es una idea, y una posibilidad cuya hora ha pasado, con su muerte obscurecida (como quizás fue pensado) por el espectáculo diario: el alboroto de una inútil “hoja de ruta”, los ciclos de los asesinatos israelíes de los transportistas de armas y los bombardeos palestinos suicidas, las lamentables luchas internas palestinas por el poder, las demoliciones de viviendas y los conteos de muertos - todas las expresiones visibles de un conflicto que ha sido siempre por el control de la tierra.
Todo el tiempo y día a día, los equipos israelíes de construcción han estado demoliendo y triturando a lo largo de Cisjordania y de la franja de Gaza, haciendo caminos y levantando miles de unidades habitacionales nuevas en comunidades bien planificadas. El habitual término “asentamiento” [2] sugiere algunas tropas en lugares altos, con puestos de defensa , pero lo que realmente hay es una trama masiva de poblaciones que penetran profundamente en Cisjordania y en Gaza y que ahora albergan unas 200.000 personas (además de los 180.000 en los asentamientos del este de la ciudad de Jerusalén, que nadie cree que serán abandonados). Decenas de miles de casas y departamentos son servidos por escuelas, centros de compras, cines y centros de artes, conectados por carreteras importantes aprovisionamiento de agua tratada y de electricidad, diques, muros, defensas perimetrales y sistemas de vigilancia. Esta trama es de difícil remoción, tanto debido a su infraestructura masiva como a la inversión psicológica realizada por sus residentes. Hace una década, un esfuerzo internacional concertado pudo haber detenido su crecimiento. Pero ahora ha ido demasiado lejos, y no hay ningún obstáculo en el camino de su expansión.
Divididas por establecimientos judío-israelíes populosos, ni Cisjordania ni la franja de Gaza constituyen un territorio nacional viable. En consecuencia, si no puede haber una vuelta atrás en la política de asentamientos, un estado palestino no es practicable. Judt entiende, correctamente, que la solución del un-estado, en cualquier forma (binacional o étnico limpiado), es ahora la única opción. Ha argumentado persuasivamente que Israel debe abandonar su etno-nacionalismo obsoleto y hacer frente a una visión post-Sionista para el país, por difícil que pueda ser. La alternativa -la transferencia forzada de palestinos fuera del territorio- esta contra lo aceptable por la consciencia y además es inimaginablemente peligroso. No nos debe sorprender que el escrito de Judt ha sido atacado profusamente dibujado por los que ven a un Israel binacional como una traición a la promesa de un refugio judío, pero como señala Judt, estas objeciones se deshacen bajo el impacto de los “hechos en la tierra'” Y en todo caso, las ramificaciones de una solución de un-estado van mucho más allá de la crisis existencial de Israel.
Considerar el futuro de los asentamientos judíos en Cisjordania bajo la solución dos-estados, es entender que no es de ninguna manera una solución. En teoría, ellos y sus 200.000 residentes podrían ser absorbidos en el estado palestino con los colonos adquiriendo ciudadanía palestina o alguna clase de estatus de residencia permanente. Pero dado el grado de corrupción palestina oficial, así como los lazos emocionales, políticos y económicos de los colonos con Israel, la ciudadanía no es una opción seria. La residencia permanente compondría solamente la situación actual: enclaves de no-ciudadanos en un territorio palestino no-contiguo. Alternativamente, los edificios y la infraestructura se podrían desmantelar y los residentes judíos reabsorber en Israel apropiado - un proceso costoso para Israel, financiera y políticamente-. O los establecimientos se podrían simplemente entregar intactos para el uso palestino (ayudando a absorber retornados palestinos), mientras que los residentes judíos, se trasladarían otra vez a Israel apropiado -también, requiriendo costos financieros y políticos importantes a Israel-. Los Acuerdos de Ginebra son una tentativa de trabajar flexiblemente con estas opciones: sacar algunos establecimientos, dejar otros importantes. Pero ninguno de los agentes con poder para imponer los acuerdos - el gobierno israelí, los Estados Unidos, y la Unión Europea (o alguna parte de ella) - tienen la voluntad de hacerlo.
Por supuesto, no se espera que el actual gobierno israelí emprenda ninguno de esos proyectos. El problema no es meramente Sharon, que ha llevado adelante una campaña vigorosa por la soberanía israelí sobre todo el Mandato Palestina [3], en la cual el completamiento de la trama de asentamientos es un elemento mayor. Ni tampoco el problema reside en la minoría de colonos religiosos fanáticos armados en “Judea y Samaria” (en su mayoría provenientes de los US), aunque su influencia política doméstica es preocupante. Si resistieran la retirada por la fuerza, lo que algunos harían ciertamente, la autoridad moral de cualquier gobierno que intentara trasladarlos -incluso la legitimidad del Estado de Israel en sí mismo- sería puesta en cuestión por los sionistas que entienden soberanía judía sobre la tierra como derecho y obligación, derivando en primer lugar de la autoridad bíblica y en segundo lugar de la necesidad de salvaguardar a los judíos de las amenazas antisemitas contemporáneas preservando el territorio como santuario y patria judíos. Políticamente astutos y genuinamente fieles a estas convicciones, los colonos religiosos invocarían ambas. Los difíciles compromisos entre los judíos seculares y religiosos de Israel se podrían romper, amenazando la trama política interna del país así como su demanda ya de vacilante hacia el judaísmo mundial.
Pero los fanáticos son una perturbación Por dos décadas o más, la complicidad del gobierno con el proyecto de asentamientos ha excedido de lejos lo que era necesario para contener a los extremistas, y ese compromiso sigue enraizado en las instituciones y la política del gobierno, más allá de los alcances de la política electoral. Desde 1984, Sharon ha actuado como ministro de Comercio e Industria, de Construcción y Vivienda, y de Infraestructura Nacional. Ha estado así en posición de asegurarse de que los subsidios y los préstamos de bajo interés estén disponibles para viviendas de los commuters [4], así como para nueva industria israelí en los territorios; ha expandido la implicación del gobierno en el abastecimiento de servicios, actividades bancarias, electricidad y abastecimiento de agua; ha facilitado las inversiones privadas en vivienda e infraestructura; y ha alentado la cooperación estratégica de la Agencia Judía y de la Organización Sionista Mundial en los conjuntos edilicios de asentamientos que traspasan la línea verde. Casi cada ministerio y agencia del gobierno ha estado implicado en diseñar y construir el bloque de Rehan, por ejemplo, que suprimió la línea verde a lo largo de la frontera nordeste de Cisjordania. La reorganización de todas estas agencias para cortar subsidios, servicios, y otros incentivos para asentarse en los territorios [5] requeriría alterar su diseño fundamental (estructura, políticas, personal), una tarea más allá de la capacidad de cualquier político o coalición de políticos israelí.
Para hacer las cosas peor -mucho peor-, Israel peor está más celosamente protegido por los Estados Unidos de las consecuencias políticas de sus políticas de asentamientos que lo que ha estado nunca. Y la política de los Estados Unidos es poco probable que cambie. Los Estados Unidos nunca adquirirán el papel del pacificador activo atribuido durante largo tiempo a ellos por una comunidad internacional ansiosa. La ayuda de cobertura para las peores acciones y, recientemente, las reiteraciones pueriles de Israel de la insistencia de Sharon para que los palestinos finalicen “el terror” ha terminado con cualquier esperanza de una intervención útil de los Estados Unidos; el ataque reciente contra una blanco norteamericano en Gaza sugiere que, incluso para los palestinos que han sido crédulos, la creencia en el papel de Washington finalmente se esté derrumbando. Las afirmaciones internacionales de la importancia de los Estados Unidos como intermediario se mantienen porque todavía sirven a los intereses de los Estados Unidos en evitar la acción europea (¿y del interés europeo en evitar la acción?), mientras que sugiere, para los especialmente cándidos, la posibilidad de un cambio de políticas.
Ningún cambio es esperable, por razones que se pueden encontrar profundamente en el entramado político de los Estados Unidos El problema no se reduce a la visión estrecha, o del “dinero judío (la explicación antisemita estándar), o incluso a la estrategia militar de muchos años de Norteamérica, que asume a Israel como un aliado básico -una política más neutral más probable realzaría que erosionaría el perfil estratégico de los Estados Unidos-. Hasta cierto punto, la fuerza que proscribe cualquier política más constructiva es el Congreso, donde está profundamente inculcada la ayuda unilateral para Israel. Éste es el resultado, muy en gran parte, de la influencia del lobby Israelí y de contribuciones (de varios tipos) para las campañas electorales, pero los intereses de los grandes negocio norteamericanos en Israel tienen que ser considerados, al igual que la bien organizada derecha cristiana, con su bizarra fijación milenarista en un Israel judío como heraldo del Fin de los Tiempos.
Aún más limitantes para a política internacional de los Estados Unidos son las actitudes de los integrantes del Congreso. Sus declaraciones públicas indican que la gran mayoría ha internalizado la propaganda de la extrema derecha israelí. Por décadas, el lobby israelí ha presentado al Congreso la narrativa de un pueblo judío cercado que intentaba construir una patria en un país minúsculo, arrinconado contra el Mediterráneo, mientras repele una irracional hostilidad islámica/árabe. Con los miembros de ambos partidos saturados de estas presunciones y cautiva de una dura dependencia financiera y electoral, la Presidencia de los estados Unidos está fuertemente limitada en cualquier tentativa que pueda hacer para empujar al gobierno israelí hacia un detestado y costoso cambio de políticas –retiro o congelamiento de los asentamientos, por ejemplo- aun cuando hay israelíes disidentes que lo apoyarían ardientemente. Cualquier movimiento en esta dirección por parte de cualquier presidente sería suicidio político. Los Estados Unidos, entonces, no son neutrales, sino que están neutralizados; su política internacional permanece dedicada a apoyar el “bienestar” de Israel, como el lo concibe gobierno israelí; y por ello no puede tener ningún impacto independiente en la política del asentamientos.
Un nuevo liderazgo palestino inspirado podría haber proporcionado la autoridad moral para desafiar las prerrogativas de la estrategia de Israel y los Estados Unidos. No ha emergido. Al restaurar la autoridad del corrupto cuadro político interno de Arafat, que carece de cualquier compromiso con el gobierno democrático genuino, el proceso de Oslo marginó las alternativas. El propio Arafat se ha aferrado al poder mientras los años cruciales se iban porque: con la salud declinante, intoxicado por su propia mística, con todo es aún un manipulador experto de la gente y de los hilos de la billetera, un padrino decrépito que bloquea cualquier salida de la ruina que se acerca. No puede, sin embargo, detener la desintegración del movimiento palestino en las ruinas de sus oficinas de Ramallah. Aislando físicamente a Arafat, el gobierno de Sharon lo ha hecho impotente para controlar la fragmentación de la militancia palestino y los ataques terroristas con sus viejos métodos de pagos y persuasión, mientras que lo deja a cargo para poderlo culpar por ellos. Pero, confinado o libre, Arafat no es ningún estadista, y no tiene ninguna visión apropiada para la construcción de la nación bajo estas condiciones. Con todo, si él de alguna manera desapareciera silenciosamente de la escena, como tantos palestinos desean sinceramente que él, su salida dejaría un vacío de poder [6] que todos temen con razón. Nadie en su círculo interno tiene posibilidades de recobrar la alta base moral cedida estos últimos años a los ciclos de ataques extremistas de terror. Ningún líder alternativo -el encarcelado Marwan Barghouti , por ejemplo - tiene el carisma para ganar la lealtad popular que pudo también servir para reestablecer la unidad palestina. En esta etapa avanzada de decadencia política, nadie está en posición para dar un paso adelante y hacerse cargo: los que se han aventurado a hacerlo -Mahmoud Abbas, Ahmad Qurei - se han retirado rápidamente.
Israel tendría poco a ganar con la salida de Arafat. Sharon está obsesionado con liberarse de él, en parte porque lo detesta, pero en parte, también, porque tiene la creencia (común entre los israelíes de derecha) que los árabes conocen solamente políticas de cabecilla: una cuestión de liderazgos egocéntricos que manipulan masas' amorfas innatamente propensas a “respetar el poder”. En esta visión, cambiar un liderazgo cambiaría el comportamiento de las masas y, en el este caso, pondría fin a las respuestas violentas a la ocupación israelí. Que una dirección árabe pueda ser obligada políticamente por sus masas es duro de comprender para la derecha israelí, al menos porque significaría aceptar que las masas han desarrollado puntos de vista políticos y demandas por sí mismos, gracias a su experiencia de primera mano de la ocupación israelí, y del proyecto del estado judío que los despojó a ellos en el primer lugar. Lejos de causar un cambio de la actitud de las masas y terminar con los ataques del terror, la salida de Arafat promete solamente acelerar la fragmentación política palestina, que seguramente puede aumentar, más bien que disminuir, los ataques terroristas contra Israel. De una manera horrorosa, sin embargo, que satisfaría a Sharon, dándole la oportunidad de intensificar la ocupación militar y de preservar los asentamientos como santuarios inviolados para los civiles inocentes amenazados por la barbarie [7].
El movimiento nacional palestino en todo caso se está fragmentando hacia la anarquía. Conscientes de la corrupción de los cuadros de Arafat, y disgustados por su fracaso en terminar con la brutalidad israelí, nuevos grupos extremistas se está formando cada semana, manejando varias ideologías de la indignación y el ultraje, y están lanzando acciones salvajes contra blancos israelíes (y ahora estadounidenses). Incluso Fatah está a punto de fracturas serias, a medida que los sucesivos primeros ministros se encuentran al mismo tiempo frente a demandas desesperadas para el cambio y paralizadas por los controles de Arafat. Las líneas laterales de la élite dominadas por Fatah, esos intelectuales, activistas y periodistas palestinos serios y pensantes que discuten alternativas. Incluso los mejores esfuerzos de los grandes intelectuales democráticos de las últimas décadas -Ibrahim Abu-Lughod y Edward Said entre ellos- no podrían afectar seriamente a ese bloque de poder. Y esas voces claras y principistas ahora se han ido, dejando en su retirada figuras igualmente dedicadas pero con menos autoridad, quienes -a pesar de sus mejores esfuerzos- ahora están además debilitados por la emergente militancia islámica y el avance de la desintegración política.
Sharon se está acercando a la realización de su largamente soñado objetivo: soberanía israelí en todo el Mandato Palestina, con enclaves no viables proporcionando una autonomía bantustán deprimente, en la cual los remanentes de la sociedad palestina pueden desintegrarse lentamente. Sin embargo, esto lo dejará sosteniendo un paquete altamente indeseable: un territorio conteniendo más de dos millones de politizados árabes musulmanes y a cristianos sin un verdadero Estado propio, fragmentando Israel tan efectivamente como Israel ha fragmentado su comunidad nacional. El problema es tan viejo como el conflicto mismo: ¿qué hacer con la gente, cuando lo único que usted quiere es la tierra?
Puesto que la relocalización forzosa de la población palestina de Cisjordania, sobre todo a través de la frontera jordana, desataría violencia regional en una escala hasta ahora nunca vista, y puesto que Sharon es demasiado inteligente para buscarla, cualquiera sea la presión que la ultra-derecha ejerza sobre él, los palestinos tendrían que permanecer en las partes señaladas de los territorios bajo cierta autoridad palestina “autónoma” encargada de mantener el orden. En este plan, como Sharon mismo ha señalado, la estatalidad técnica para los palestinos no estaría contemplada para nada; su economía continuaría renga, y sus comunidades eventualmente se marchitarían en vestigios étnicos irrelevantes. Como ha señalado Judt, esta solución pudo haber satisfecho las ideologías etno-nacionalistas de fines del siglo XIX y comienzos del XX que lanzaron el movimiento sionista, pero contradice los principios democráticos sobre los cuales se basa el Israel moderno. La soberanía de Israel sobre Cisjordania conteniendo enclaves bantustán involucraría impedimentos logísticos y morales para su propia coherencia. También significaría un continuo malestar regional, con el “aprieto” palestino proporcionando un agravio central para los militantes a lo largo del mundo árabe y musulmán.
La verdadera cuestión para la comunidad internacional es ahora mirar la solución un-estado en forma directa, y analizar sus obstáculos. Son claramente masivos. Los problemas para Israel son profundos: el compromiso de judeidad del “estado judío” no sólo requeriría reimplementar sus leyes, sino que iría directamente en contra cristiano de las creencias comunes sionistas (y de la derecha cristiana) sobre la raison d’être de Israel. Ese choque no es nuevo: hace eco a las divisiones en el pensamiento sionista más temprano. La solución de un-estado puede volver a entrar en el debate, en un momento en que las nuevas (y muy emocionales) discusiones sobre el carácter judío de Israel han estado fermentando durante una década o más, centrándose en preguntas post-sionistas acerca de si el propio Israel puede o debe ser reconcebido: no como un estado judío exactamente (en el sentido de instituciones públicas protegiendo el predominio judío permanente de ascendencia etno-nacionalista), sino como un estado en el cual a los judíos se les garantiza libertades y seguridad étnica sobre una base igual con todos los ciudadanos. Es imposible exagerar la magnitud del miedo, el dolor, la pena y el ultraje que juegan en estas discusiones sobre el futuro de Israel o las sensaciones de aprehensión, resentimiento y rechazo que emergen cuando se habla de un estado secular. Con todo, Judt es apenas una voz inconformista, aun cuando Leon Wieseltier se ha implicado mucho al escribirle una réplica furiosa en la New Republic.
Si los palestinos y los israelíes (de todos los contextos etno-religiosos) deben de hecho compartir un solo estado como iguales, la visión post-Sionista también debe clarificar el carácter no-étnico del componente palestino. Un Estado formalmente “binacional”, reconociendo y reificando los etno-nacionalismos judíos y palestinos, podría simplemente instalar la rivalidad bipolar que, dado el mayor peso demográfico palestino, inspira a Wieseltier semejante alarma. En su opinión, la dominación de los judíos por el nacionalismo palestino es tan inevitable que justifica la dominación de los palestinos por el nacionalismo judío.
El desafío para la solución de un-estado es encontrar un camino político a través de la transición de los etno-nacionalismos rivales a una fórmula secular democrática que preservara el papel de Israel como asilo judío mientras desmonta los privilegios semejantes al apartheid que asignan actualmente ciudadanía de segunda clase a los no judíos. Israel ya afronta esa contradicción dentro de sus fronteras legales: incluso hay acuerdo en que para la actual población árabe del país, el sistema de leyes que salvaguardan el “estado judío” es injusto y a largo plazo inestable. Por consiguiente, en un estado secular democrático, el mismo concepto de estaticidad judía (e, implícitamente, el alcance del nacionalismo judío) tendrían que cambiar radicalmente. Los derechos y privilegios nacionales en ambos lados tendrían que ser garantizados subsumiéndolos en privilegios nacionales israelíes. Los beneficios ahora restringidos legalmente a los judíos (comúnmente conectados con el servicio militar y menos directamente con la ley del retorno), tales como los préstamos para vivienda y educación, empleo en el sector público y así sucesivamente, tendrían que ser reconcebidos y los recursos redistribuidos. El uso del suelo –alrededor del 93 por ciento de Israel se reserva actualmente para el uso judío- tendría que ser reconfigurado. Los planes de vivienda tendrían que ser separados formalmente de la ocupación judía exclusiva (y el carácter “solamente-Judío” de los asentamientos tendría que evaporarse). El papel establecido desde hace mucho tiempo de la Agencia Judía, que administra recursos y privilegios nacionales judíos en Israel, tendría que ser reexaminado. La política electoral y la representación en la Knesset también deberían transformarse, para permitir el debate legislativo en base a un estatus étnico igualitaria. Modificaciones en las Leyes Fundamentales, o la creación de una Constitución secular, podrían asegurar que Israel continúe salvaguardando las vidas y los derechos de los judíos, proporcionando el santuario que muchos judíos en Israel y al exterior siguen ansiosos por preservar. Pero las mismas leyes fundamentales deberían asegurar sus derechos a musulmanes, cristianos y, de hecho, a los ateos agnósticos, y eliminar -por lo menos en el plano jurídico- cualquier jerarquía institucionalizada en base a diferencias étnicas o religiosas. Tal transición requeriría años del discusión y de lucha - y una voluntad política hoy penosamente ausente. Las comisiones de la verdad y/o una amnistía general podrían superar eventualmente la herencia de la violencia y del odio, pero como en todas las secuencias de ese tipo, el proceso tomaría generaciones.
El problema para los palestinos sería de otro tipo. ¿Sus aspiraciones de un estado secular democrático están de hecho basadas en soberanía territorial -el modelo propuesto desde hace tiempo por los nacionalistas palestinos y elaborada por intelectuales tales como Edward Said? ¿O muchos ahora favorecerían un estado étnico o etno-religioso basado en nociones de indigeneidad árabe y/o musulmana del tipo que está siendo sostenido en Gaza? Una discusión tan fundacional no es excepcional, ni es tan difícil de llevar a término como se puede pensar (la Sudáfrica post-apartheid ha caminado en este terreno). Además, muchos palestinos están tan desilusionados con su “liderazgo nacional”, que pueden dar la bienvenida a la idea de su caída, si se les ofreciera iguales derechos como ciudadanos de un único estado (encontrar las garantías adecuadas para estos derechos puede ser el obstáculo primario).
La dirección palestina en sí misma probablemente resistiría esa salida. En una solución un-estado, los aparatos enteros de la OLP (Organización de Liberación Palestina y de la Autoridad Palestina tendrían que ser subsumidos en el gobierno y los procesos político-partidarios de Israel. Muchos de los seguidores de Arafat -y sus rivales- perderían fuentes importantes del poder económico y del apalancamiento político en la transición. Fatah consigue su fuerza económica de los negocios palestinos; su armado político basado en la amistad refleja su compromiso central con los intereses de las familias palestinas más ricas. Las figuras mayores de Fatah han esperado por mucho tiempo una Palestina independiente en la cual, bien ubicados cerca del centro del poder, podrían prosperar en el crecimiento del comercio Israelí-Árabe que se esperaba que la paz trajera. Pronto ellos tendrían un estado palestino separado, por más débil y cooptado que pudiera ser. La absorción es también un proceso que Israel está obligado a maniobrar, promoviendo a algunos y excluyendo a otros de los roles en la nueva política doméstica. Los palestinos tendrían razón de estar en guardia. Los grupos militantes islámicos, solo recientemente estimulados a percibir al sionismo y a los judíos mismos como enemigos eternos, requerirían negociaciones y tratamiento especiales. La perspectiva puede parecer poco prometedora, pero la prominencia de los militantes Islamistas es bastante reciente y su importancia es mucho más frágil de lo que parece [8].
El impacto mayor y de largo alcance de la solución de un-estado podría transformar las tensiones regionales así como las locales, eliminando la ocupación militar, unificando el territorio, y restaurando efectivamente a los palestinos a la soberanía (compartida) en su patria histórica. Les concedería la durante tanto tiempo buscada representación política, los derechos a la propiedad, un sistema de la justicia civil, y libertades de prensa dentro del sistema democrático reservado hasta ahora a los judíos pero a que muchos palestinos vienen admirando y esperado emular. No solucionaría todos los conflictos: las tensiones de montaje del Haram al-Sharif / Monte del Templo, por ejemplo, seguirían retumbando. Pero redepositaría esos conflictos como discusiones étnicas dentro de un política democrática más bien que entre polarizados y mutuamente demonizados Otros. También devolvería a Israel a una situación respetada en la familia de naciones, y removería al “problema palestino” como una fuente de ultraje para los ofendidos musulmanes, los nacionalistas árabes, y los grupos extremistas de todo el mundo. Dado que la solución de dos-estados solamente promete más problemas (y su fracaso traerá consecuencias tan calamitosas [9]), la solución de un-estado es la única que la comunidad internacional puede ahora responsablemente considerar.
Debate sobre este artículo en LRB:
4 de diciembre de 2003 Yitzhak Laor, Bill Templer
6 de mayo de 2004 Yisrael Medad
20 de mayo de 2004 Nicholas Blanton
3 de junio de 2004 Virginia Tilley.
Virginia Tilley es la autora de The One-State Solution: A Breakthrough for Peace in the Israeli-Palestinian Deadlock.





[1] La autora se refiere a los asentamientos de ciudadanos israelíes. Su afirmación actualmente sólo tiene validez para Cisjordania, después del retiro de los asentamientos israelíes en la Franja de Gaza en el 2007.
[2] ‘Settlement’
[3] La autora se refiere al territorio sobre el cual ejercía su Mandato Gran Bretaña, otorgado por la Sociedad de las Naciones, y que duró desde el final de la Primera Guerra Mundial hasta la creación del Estado de Israel por la ONU en 1948.
[4] La palabra inglesa “commuter” es intraducible. Se refiera a las personas que viven en un lugar relativamente distante al de su lugar de trabajo y deben realizar largos viajes cotidianos entre ambos, en transporte público y/o en su vehículo particular.
[5] Se refiere a los territorios palestinos ocupador por Israel e israelíes, en Cisjordania.
[6] Como sabemos, la muerte de Arafat, sucedida unos años después de este escrito, dejó el espacio apropiado para la participación electoral de Hamas, con las consecuencias conocidas de su triunfo sobre Al-Fatah que había liderado Arafat, y la secuencia reciente de eventos.
[7] El análisis prospectivo de la autora fue, lamentablemente, muy acertado. Los acontecimientos se produjeron, en líneas bastante precisas, tal como ella los había anticipado.
[8] Este artículo está escrito hace varios años. En este tiempo, la política norteamericana (a escala global y regional) e israelí (a escala local) combinadas se las han arreglado para consolidar mucho más la influencia de la política islamista.
[9] Como lo estamos viendo actualmente.

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