Editor: Mario Rabey

16 de agosto de 2010

El tero

por Marita von Saltzen

En
DICEN QUE DICEN… Historias de la flora y la fauna de nuestro Moro

Tomado de
Marita von Saltzen
cuentacuentos - narradora oral


Vemos teros en muchas zonas de El Moro, cerca de las piscinas y del arroyo, o en el medio de los lotes. Comen insectos, así que son bienvenidos en nuestros jardines.

Están en grupos, quietos hasta que algo los alarma; entonces, hacen un vuelo rasante al grito de “¡teru-teru!”. Le temen a los caranchos y a los chimangos que amenazan sus nidos. Anidan en el suelo y, en invierno por primera vez, pone la hembra tres o cuatro huevos de color gris verdoso con manchitas oscuras. Si alguien se acerca –ave, perro, caballo u hombre- levantan vuelo tanto el macho, que vigila el nido a unos treinta metros, como la hembra. Se acercan gritando estridentemente y amenazan con el fuerte espolón que tienen en cada ala. Se vuelven muy agresivos en época de cría y defienden tanto a los huevos como a los pichones, que nacen veintiséis días después de la puesta. Suelen tener cría varias veces entre junio y diciembre.

Son llamativos el pico, las patas y los ojos rojos.

Dicen que, cuando grita sin motivo aparente, predice la lluvia y también que anuncia la visita de parientes. ¡Menos mal que lo de los parientes no se cumple todos los días!...


Cuenta la leyenda que, hace mucho tiempo, los teros eran hombres que tenían tiendas de venta de ropa. Se habían vuelto ricos porque trataban con una gran cantidad de clientes. Entre ellos, las que más compraban telas para hacerse vestidos eran las vizcachas.

Parece ser que a ellas les gustaba coquetear y renovaban su atuendo demasiado seguido. Por eso, un día se les acabó el dinero y comenzaron a pedir fiado. Los teros, que nunca habían visto el famoso cartel que dice “El que fía salió a cobrar; vuelva mañana” les siguieron entregando mercadería sin recibir nada a cambio.

De tanto fiar, los tristes comerciantes se volvieron muy pobres.

Quisieron cobrar la deuda, pero parecía que a sus clientas se las había tragado la tierra. Un día, supieron que las vizcachas, sin ropas nuevas para lucirse, salían solamente cuando se escondía el sol. Entonces, los teros intentaron cobrar por las noches. Pero cuando ellos se acercaban y les gritaban “¡La tela, la tela!” “¡Teru-teru!”, las muy pícaras se escondían tan rápido como les era posible.

Llorando se durmieron una noche por no poder solucionar su problema. Cuando amaneció, notaron que su cuerpo estaba cambiado: se habían convertido en aves. Ya no pudieron hablar, pero conservaron el grito que les dio su nombre.

Así fue que las vizcachas, muy avergonzadas por sus ropas raídas, se vieron obligadas a salir solo de noche.

Los teros se vistieron para siempre con la única ropa que les había quedado: los chalecos negros y las bombachas blancas.

Y sus ojos son rojos de tanto y tanto llorar.

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